miércoles, 23 de abril de 2014

Una de las reencarnaciones de Buda.

Relieve con la representación de Sidarta Gautama (o Sakiamuni) en el centro.
Como todos los yoguis conocen, Buda era un príncipe que nació en la Republica de Sakia, en lo que hoy es India, y vivió entre el año 563 y 483 a. C
Su verdadero nombre era Sirdarta Sakiamuni pero como había conseguido romper con el ciclo de reencarnaciones a la que estamos sujetos todos los mortales, sus seguidores espirituales le habían otorgado el título de Buda, es decir: el despierto, el iluminado.

Este señor es a quien, tras su muerte y la recopilación de sus enseñanzas, le debemos el budismo, la música new age y la cultura popular de los 70.
Pero toda esta explicación es una excusa para contar lo que sigue a continuación.

Lo cierto es que, andaba Sidarta por ahí tirado en un bosque llamado Jeta, en una de sus muchas meditaciones y rodeado de incontables seguidores desesperados por la inquietante posibilidad de renacer aún más desdichados, cuando se percató que uno de sus bhikkhu (monjes) había perdido el empeño en su búsqueda de la iluminación, aquel monje estaba perdiendo la fe en sí mismo.

Sidarta se acercó al monje y éste al ver al Buda aproximarse le preguntó si él (el Buda) había perdido alguna vez el empeño en su búsqueda espiritual. Sidarta admitió que sí y para reconfortarlo  le contó la maravillosa historia de un Bodhisattva, un hombre de camino a la iluminación.

La historia decía así:

Hace mucho mucho tiempo, un bodhisattva nació de una reina. Para escoger un nombre adecuado para el príncipe los padres invitaron a ochocientos brahamanes (sacerdotes). Cuando los brahamanes conocieron al niño vaticinaron que sería un ser humano especial dotado de cinco armas poderosas. Así que, haciendo gala de muy poca imaginación, los reyes bautizaron al niño con el nombre de Pañcāvudha-Kumāra, que significa Príncipe de Cinco Armas.

Cuando el príncipe cumplió dieciséis años, el rey, harto del carácter de su hijo adolescente, le dio mil monedas y lo mandó a estudiar con un maestro famoso. Pasó con él varios años hasta que terminó sus estudios y alcanzó a dominar todas las armas. Fue entonces cuando su maestro, le regaló un juego de cinco armas. El príncipe mostró sus respetos al maestro y abandonó el lugar para dirigirse a su hogar.

En el camino de regreso, se encontró con un bosque y con unos hombres que acampaban en su linde. Cuando vieron al príncipe intentaron persuadirlo para que no se internara en el bosque diciéndole. “Joven hombre, no atravieses ese bosque,  es la guarida de un temible yaksha (espíritu) llamado Silesaloma, (que significa pelo pegajosos) y que mata a todo aquel que entra en su territorio.”

Bastante fanfarrón y seguro de su propia fuerza Pañcāvudha-Kumāra se adentró en el bosque hasta que el yaksha le salió al paso tal como era de esperar.

Ilustración del yaksha Silesaloma.
El monstruo era del tamaño de una palmera, con una cabeza tan grande como un gazebo, ojos como grandes tazones, dos colmillos filosos y un pico parecido al de un halcón. Su vientre hinchado era morado y las palmas de sus manos eran de color azul casi negro. Un bicho más gracioso que aterrador.

Silesaloma le dijo. “¿Adónde crees que vas?  Detente. Eres mío.”

El príncipe Pañcāvudha lo miró despreocupadamente y le respondió muy calmado. “Tú no me asustas. ¡No te acerques a mí, o te mataré con una flecha envenenada!”

El monstruo, que tampoco estaba impresionado, intentó dar un paso adelante, pero entonces el príncipe colocó una flecha untada con veneno y disparó velozmente. Sin embargo la flecha se atoró en el pelaje de Silesaloma, y del mismo modo lo hicieron otras cincuenta flechas más que el príncipe disparó y que el yaksha se sacudió de encima completamente ileso.

Entones la batalla estalló, el furioso monstruo embistió al príncipe y el príncipe lo recibió con un golpe de espada. La espada hizo el mismo efecto que las flechas, es decir nada y terminó enredándose entre los cabellos del enemigo.

Lejos de amedrentarse Pañcāvudha-Kumāra tomó su lanza y la arrojó con destreza  pero también quedó atrapada. Luego con la terquedad que define a un príncipe tomó el garrote y golpeó con firmeza, pero el garrote terminó reuniéndose con las demás armas entre la extraña cabellera del yaksha.

Aquel ser parecía invencible pero el príncipe mantuvo la compostura. Miró al monstruo de arriba a abajo y le dijo. “Cuando entré en este bosque no tenía depositada mi confianza en mis armas sino en mí mismo. Ahora mismo te venceré con mi brazo”.  Así que el príncipe le dio un puñetazo con el brazo derecho que quedó atrapado con todo lo demás que ya había usado.  Luego atinó a golpearlo con el brazo izquierdo pero también quedó atrapado. Viendo que tenía las piernas sueltas probó a patearlo con una y luego con otra, pero ambas quedaron atrapadas.

“Te haré pedazos” grito el príncipe poseído por una convicción como de madre que sabe que te vas a constipar, y le dio un cabezazo que hizo que su cabeza se enredase en el pelo como lo había hecho ya todo su cuerpo.

El príncipe permaneció valerosamente colgando del pelaje de Silesaloma como un muñeco. No mostraba ningún temor.

Silesaloma entonces pensó para sí mismo “éste es un héroe sin igual, un león  entre hombres. Él no puede ser un ser humano común. A pesar de que ha sido capturado por un yaksha como yo, no muestra señales de temor. En todo este tiempo en que he estado matando viajeros en este bosque, nunca había visto alguien como él. ¿Por qué no tiene miedo de mí?”

Fue entonces cuando el yaksha perdió todo interés en devorar al joven y lleno de curiosidad y admiración le pregunto. ¿Cómo puede un ser como tú no tener miedo de la muerte?

¿Por qué habría de tener miedo a la muerte? Respondió el principie un poco asfixiado contra la axila del monstruo. “Cada vida debe, necesariamente, terminar en la muerte. Yo sé, que dentro de mi cuerpo, hay un arma brillante que ni siquiera tú puedes digerir. Si me comes, esta arma brillante hará picadillo tus entrañas. Mi muerte traerá la tuya.” Por supuesto, el príncipe se refería a la poderosa arma del conocimiento.

Por alguna razón que nuestras mentes occidentales no llegan a comprender, Silesaloma se creyó el farol y temió a la idea de su propia muerte y consideró las palabras del príncipe así: “Este joven príncipe sólo dice la verdad. Seguramente no seré capaz de digerir un bocado de este héroe. Será mejor que lo libere.” El yaksha liberó al príncipe diciendo, “joven valiente, no te comeré. Ve en libertad a alegrar el corazón de tus familiares, amigos y de tu país.

El monstruo devolvió las armas y siguiendo las enseñanzas del héroe se convirtió en un espíritu benévolo querido por todo el mundo.

Pañcāvudha-Kumāra siguió su viaje, llegó a su casa y, tras el reinado de su padre, fue un soberano justo que murió dignamente para conveniencia de la historia.

Esto fue lo que le contó el Buda al monje pero además añadió:
 “Cualquier humano con una mente inteligente y una conciencia activa desarrolla lo que es sano, alcanza la liberación de los apegos. Por medio del logro gradual, logra el decaimiento de todas las ataduras que previenen de la liberación total.”

Luego el Buda, no muy seguro de que le monje entendiera "la película", le enseñó el Dhamma (conducta piadosa correcta) y el bhikkhu que había dejado de esforzarse alcanzó el estado de Arahant, el entendimiento profundo sobre la verdadera naturaleza de la existencia.

Tiempo más adelante, en un meditación, Sidarta comprendió que el Príncipe de Cinco Armas era una de sus vidas pasadas. Debemos destacar que esto una contradicción porque los iluminados no retornan a la vida con amnesia sin embargo lo dejaremos pasar como un fallo de guionista y le creeremos como en todo lo demás.


Escena de la película After Earth, el héroe enfrentado al monstruo.
Esta una historia que a mí personalmente me gusta mucho y en cuya idea se basa una malísima película interpretada por Will Smith y su inseparable hijo, Jaden Smith: After Earth, dirigida por M. Night Shyamalan, que por ser indio conoce muy bien las jatakas, un tipo de relato budista.

No les voy a contar la película pero la idea principal es la misma. Cuando los seres humanos alcanzamos el conocimiento profundo sobre la verdadera naturaleza de la existencia se libera del miedo a la muerte. Sin el miedo a la muerte, los peligros y los enemigos se convierten en sombras  inofensivas y sin sentido.  Este sentimiento de liberación nos fortalece y esta clase de fortaleza espiritual nos ilumina y todo cuanto nos rodea es encandilado por su luz.